Ciudad de México, a 26 de marzo de 2018.

Por Nikthé Valverde

Estaba pensando en lo que sería si no hubiera pasado eso.  ¿Seríamos todavía igual?, ¿pasaríamos momentos tan bonitos como antes? Lágrimas no hubiera habido, puedo asegurarlo. Pero sí muchos conciertos, museos, pulquerías, cervezas, llamadas de las mamás casi gritando: “¡Dónde andas?, ¿por qué se escucha tanto ruido!”, y tengamos que salirnos del lugar donde estuviéramos comiendo, que se volviera a hacer tarde y te tuvieras que quedar en mi casa después de un concierto, que mis papás te conocieran y te agarraran cariño, (por cierto, mi papá no sabe nada de esto y toda vía te quiere y me pregunta por ti).

No te voy a negar que te extraño, que toda vía quiero que seas una de esas pupilas donde logro verme viva, una más de esas cien mentiras que valen la pena para no cortarme las venas. Extraño que nos mandáramos mensaje diciendo: quiero mandar todo a la chingada, maldito síndrome pre menstrual, y después, en la escuela, nos tiráramos en los pasillos a hacernos piojito porque teníamos unos cólicos que ni Dios podía aguantar. Siempre decíamos, como un montón de niñas: “somos hermanas de sangre”, nos veíamos, nos ganaba la risa y después nos poníamos a llorar por el dolor.

Tenemos a nuestros propios hermanos, pero éramos hermanas de sangre.

Nos hablábamos por teléfono en vacaciones porque nos pasaban cosas bien raras con la familia y necesitábamos que alguien nos escuchara llorar y nos dijera: “no es para tanto, es más, mira…” y sacábamos chistes de ello. Que repitiéramos a cada rato “la vida es un riesgo” y nos poníamos a pisar el acelerador, y terminábamos riendo y mandándonos abrazos desde la distancia asegurando una a la otra que nunca, pero nunca compraríamos en la farmacia pastillas para no soñar.

Compartíamos música, gustos por los museos,  éramos de las que llegaban temprano y se iban al último por estar discutiendo qué les había gustado y qué no de cada obra. Nos perdíamos juntas por la ciudad buscando lugares que tenían eventos interesantes a los que no sabíamos llegar, y hasta caminábamos en dirección contraria de nuestro destino. A veces  nos agarraba la lluvia y nos agarrábamos de la mano para cruzar las calles corriendo porque las dos somos miopes, porque los lentes se nos llenaban de gotitas, y porque, si nos caíamos, iba a ser juntas.

Te extraño, pero lo arruinamos. No sabíamos las consecuencias de nuestros actos, no medimos lo que podía pasar. Ahora podemos verlo como un gran aprendizaje, pero al final, no fue culpa de ninguna de las dos. También me duele verte y no saber qué hacer. Aún es muy reciente la herida y no puedo saludarte por los pasillos como si nada pasara, pero espero que lo logremos pronto. Que logremos tener cien motivos.

Pronto nos separará toda vía más la escuela, tú te irás a un área que yo no quiero tocar. Que la vida decida si nos volveremos a ver, si puedo perdonar y olvidar, si podemos recuperar la amistad que teníamos. Probablemente logremos nuestra tan esperada borrachera con Joaquín Sabina de fondo, logremos creernos unas Magdalenas, unas chicas Almodovar, subir la frente, tener las faldas cortas y las lenguas muy largas, ponernos medias negras y cantar llorando ‘Amor se llama el juego’ acordándonos de lo que pasó. Si algún día me dedican ‘Princesa’, me acordaré de ti antes que de él.

Voy a extrañarnos juntas.

Te quiero, te extraño y te deseo lo mejor.


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